Durante su estancia, la artista colaboró con Emilio Lecona y María Gómez, investigadores principales del proyecto, así como con los investigadores predoctorales Scott Brian Churcher y Ran Tong. Aprovechamos su paso por el CBM para realizarle una entrevista que nos permite conocer más de cerca su trayectoria artística y el papel del arte como espacio de reflexión crítica y capacidad para dialogar con su particular capacidad para hacer dialogar la cultura y la naturaleza, a través del arte.
¿Qué te atrajo de esta residencia y cómo llegaste a presentarte?
Conocí la convocatoria a través de la comisaria del proyecto, Claudia, y me interesó especialmente porque se centraba en epigenética. Mi formación original es científica, estudié biología celular y molecular antes de formarme como artista. La biología, en particular la molecular, siempre ha estado muy presente en mi trabajo.
Durante mi doctorado, en una escuela de arte incorporé mucha teoría biológica, sobre todo en mi tesis, y la epigenética, fue uno de los temas que más me interesaron. Me fascinaba el ver como mecanismos mediante los cuales las experiencias vitales y el entorno cultural pueden interactuar con el genoma a nivel molecular, haciendo converger la naturaleza con la cultura.
En el momento en que desarrollé mi tesis, a principios de los 2000, la epigenética era todavía un campo emergente, casi una vuelta al lamarckismo. Hoy es un ámbito mucho más consolidado, y sigue resultándome profundamente estimulante.
Y también porque estudié teoría cultural y estudios feministas y muchas cosas por el estilo, se convirtió en una forma de unir todas esas cosas, la ciencia y la biología, junto con la teoría cultural y esas concepciones de la vida. Sí, fue muy bonito.
Has trabajado anteriormente en contextos científicos. ¿Cómo es tu forma de colaborar con laboratorios?
He trabajado con científicos y laboratorios en muchos proyectos. A veces parto de una pregunta filosófica que quiero abordar mediante técnicas empíricas de laboratorio, y en otras ocasiones surge a partir de una especulación científica que luego exploro desde el arte.
En el caso de RepliFate, el punto de partida es claramente científico: se nos invita a los artistas a trabajar a partir de las preguntas que ya están planteadas en los laboratorios. Mi proceso suele combinar siempre dos niveles: uno filosófico y otro empírico, basado en materiales y técnicas científicas.
A diferencia de la ciencia, que busca demostrar mecanismos concretos, mi interés está en llevar esa dimensión material y tangible hacia un terreno más filosófico y encontrar un lenguaje estético que permita que ambas capas dialoguen.
Tu obra aborda a menudo el cuerpo, la memoria o los procesos vitales. ¿Cómo traduces la biología molecular, tan abstracta y microscópica, en un lenguaje artístico?
Es probablemente una de las partes más difíciles del trabajo. En algunos proyectos he trabajado con órganos completos, lo que ofrece una materialidad inmediata. En otros, con células, imágenes microscópicas o secuencias de ADN.
En un proyecto, por ejemplo, trabajé con datos genéticos asociados a más de 6.500 especies distintas. Esos datos se transformaron en una obra sonora: un compositor creó una pieza coral en la que los cantantes interpretaban los nombres de las especies. Cada proyecto requiere encontrar un lenguaje estético distinto.
Cuando trabajas con materiales biológicos, ¿qué importancia tiene la ética en tu práctica artística?
Las cuestiones éticas están siempre muy presentes. En cada proyecto tengo que definir claramente cuáles son mis límites. En un trabajo con corazones de cerdo, por ejemplo, nos aseguramos de obtenerlos como subproducto de la industria cárnica, respetando los marcos éticos existentes.
En otro proyecto trabajé con embriones de pollo dentro de los límites de edad establecidos por las directrices científicas. Aunque como artista no siempre estoy sujeta formalmente a las mismas regulaciones que los científicos, cuando trabajo en institutos de investigación procuro cumplir con los mismos estándares éticos.
¿Qué papel crees que puede tener el arte en la relación entre la ciencia y el público general?
No veo mi trabajo exactamente como comunicación científica. Lo entiendo más como una forma de plantear preguntas filosóficas sobre la vida, la existencia o los límites entre lo vivo y lo inanimado. Las técnicas científicas son herramientas que utilizo para explorar esas preguntas.
Sin embargo, hay un solapamiento evidente. Al emplear métodos científicos, el público se ve invitado a pensar científicamente, a preguntarse cómo funcionan las cosas y cuál es su significado. Mi práctica está impulsada principalmente por esa curiosidad filosófica, pero la biología ofrece un marco especialmente fértil para explorarla.
¿Qué esperas de tu estancia en el CBM y del trabajo con los laboratorios de RepliFate?
Llego con una actitud muy abierta. Llevo tiempo siguiendo el trabajo científico de Scott y Ran, pero ahora quiero comprenderlo de forma más tangible, observar los procesos del laboratorio y las preguntas que se plantean desde dentro.
También me interesa recopilar materiales que funcionen como referencia para una futura obra. Todavía no sé cómo se traducirá todo esto en el resultado final, pero forma parte de un proceso de investigación compartido entre arte y ciencia.
La residencia de Helen Pynor en el CBM pone de relieve el potencial del diálogo entre prácticas artísticas y científicas, mostrando cómo el arte puede abrir nuevos espacios de reflexión sobre los procesos biológicos que definen la vida contemporánea.



