En nuestra serie de entrevistas AlumniCBM contamos hoy con Víctor Briz. En la actualidad dirige su grupo de investigación como Investigador Ramón y Cajal en el Centro Nacional de Sanidad Ambiental en el Instituto de Salud Carlos III (CNSA-ISCIII) sobre los factores genéticos y ambientales implicados en los trastornos del neurodesarrollo.
Llegaste al CBM como investigador postdoctoral tras estar en otros laboratorios, ¿De qué forma crees que tu paso por el CBM ha condicionado tu forma de trabajar?
Lo importante de pasar por distintos laboratorios es aprender cosas nuevas. En mi primera estancia en EEUU hice sobre todo biología molecular, en Bélgica me centré más en comportamiento animal, y eso me cambió la visión científica de cara a estudiar modelos animales de trastornos del neurodesarrollo. Y, por último, en el CBM he aprendido sobre todo electrofisiología -aunque ya antes había estudiado la plasticidad sináptica- y esto me ha enriquecido mucho a la hora de aprender conocimientos, no solo científicos y teóricos sino también técnicos, que me han ayudado a entender mejor estos conceptos de plasticidad sináptica y, en general, la fisiología del cerebro. Además, me ha dado la oportunidad de volver a España y hacer ciencia de alto nivel, ya que el CBM, es un centro de referencia.
¿Qué es lo que más valoras y recuerdas de tu paso por el CBM?
Sobre todo destacaría la gente que he conocido durante estos 6 años de la que no sólo he tenido una experiencia de aprendizaje científico sino gente que he podido conocer y con la que me sigo llevando bien y mantengo el contacto, tanto estudiantes de máster, predoctorales y postdoctorales.
¿Qué referentes has tenido en la investigación?
He tenido referentes científicos en los supervisores que he tenido a lo largo de mi carrera. Muchas veces les digo a la gente que está buscando laboratorios o a postdocs al acabar la tesis que miren bien donde van a ir, ya que una cosa es lo que se vea desde fuera o las publicaciones y otra cosa es la dinámica o cómo se trabaje en ese laboratorio. Por ello, mis referentes no han sido solo científicos sino gente que ha sabido tratar a sus estudiantes en lo personal. Durante mi tesis, Cristina me enseñó a cómo trabajar en equipo y a ser meticuloso. Después, en mi etapa postdoctoral en California, Michel Baudry era una persona muy exigente en lo científico, pero lo hacía desde el entusiasmo por la ciencia y eso me causó muy buena impresión y motivación. En otras etapas, como en esta última en el CBM, con José Antonio, he aprendido el rigor científico y a buscar las preguntas que necesitas hacerte para continuar la investigación, siempre manteniendo una visión global. A nivel profesional, me ha ayudado mucho y yo se lo agradezco.
¿Cuáles son los principales logros y retos en tu investigación?
Durante la tesis fui bastante autodidacta ya que tuve la ventaja de que me dejasen expresar mis propias ideas y la iniciativa de probar cosas, aunque el dinero era limitado y había que elegir cuidadosamente los experimentos, siguiendo tu intuición, y avanzar en el proyecto. Yo tenía muy claro que después de la tesis quería irme de postdoc y en California me fue muy bien. Sin embargo, en Bélgica fue diferente, el clima no era tan bueno como en California, con un ambiente de competitividad y generación de resultados, lo que supuso una etapa muy difícil en mi carrera y me planteé otras alternativas fuera de la investigación. De hecho, en 2016 nos juntamos varios compañeros y creamos el CEBE, una organización de científicos españoles en bélgica sin ánimo de lucro con el soporte de la FECYT -dedicada a facilitar el networking entre científicos, comunicación científica, promover la colaboración entre instituciones españolas y belgas, así como favorecer la visibilidad institucional. Hasta entonces, solo veía que la ciencia era o la investigación en los centros de investigación o la industria. Esta etapa me ayudó a abrir la mente; a pesar de que lo más fácil era rendirse, no paré de intentarlo y perseveré hasta que lo conseguí. Algo parecido me sucedió antes de conseguir la Ramón y Cajal estando ya en el CBM.
En base a esta experiencia ¿Qué consejo le darías al Víctor que acababa de salir de la carrera o a un joven investigador?
Al final hay que guiarse por tu instinto y saber que todo tiene límites, también está bien probar otras alternativas y nunca es tarde para volver atrás, no creo que sea cierto que salir de la academia a la industria sea irreversible, ya que te da otra serie de valores añadidos importantes. Como consejo le daría que se escuche a sí mismo, que, si lo tienes claro y es tu sueño, hay que luchar por ello e intentarlo una y otra vez y si en algún momento surge otra cosa quizá hay que dar esa oportunidad porque nunca sabes si tu carrera es esa.
Ahora tienes tu propio grupo de investigación en el CNSA-ISCIII, ¿nos puedes contar un poco más sobre tu trabajo?
La investigación que hice en los últimos 5 años con la beca Intertallentum era estudiar el efecto de una serie de contaminantes ambientales entre ellos varios pesticidas y ver sus efectos en el cerebro; en particular sobre la plasticidad sináptica y las habilidades cognitivas, así como su relación con trastornos del neurodesarrollo como el autismo o la discapacidad intelectual, ya que había estudios previos que los relacionaban. En este estudio lo que encontramos fue el mecanismo de cómo los pesticidas y otros contaminantes ambientales alteran la plasticidad sináptica, lo que explica parte de los deficits cognitivos que causan estos contaminantes. Usando el hipocampo de rata como modelo, vimos que los pesticidas aumentan la señalización de la vía Ras-MAPK y producen efectos similares a los observados en las rasopatías, que son trastornos del desarrollo causados por mutaciones en diferentes elementos de esta vía. Esto es lo que me ha llevado a desarrollar el nuevo proyecto en el CNSA-ISCIII que es estudiar cómo estos contaminantes ambientales interaccionan con los genes relacionados con las rasopatías para producir una mayor susceptibilidad a sufrir trastornos del neurodesarrollo en estos pacientes. Esto pretendo abordarlo usando tanto modelos animales como celulares (iPS de pacientes) de las rasopatías.
En base a tu trayectoria, has tenido una gran movilidad, desde el Erasmus en Florencia durante el grado de Bioquímica, hasta tus posteriores estancias como investigador postdoctoral, ¿en qué crees que se ha reflejado esa movilidad? ¿qué te ha aportado?
En general, en todos los sitios donde he estado, a nivel personal me ha aportado muchísimo, lo que implica independizarse y madurar. También aprendí idiomas, tanto italiano en Florencia, inglés en EEUU y algo de francés, aunque poco, cuando estuve durante la tesis de estancia corta en Lille. Sin embargo, a nivel profesional me ha servido para ver diferentes formas de hacer investigación, de abordar la ciencia, y sobre todo a la hora de tutorizar a estudiantes. Así, en algunos casos me han servido para utilizarlos como modelo e imitarlos y en otros para entender lo que se debe evitar.
¿Por qué crees que es importante mantener vínculos con el CBM?
Estuve vinculado al CBM como doctor y formé parte de un proyecto de José Antonio Esteban. Al mismo tiempo, tutelé a una estudiante de tesis doctoral que estaba a punto de finalizar —mi primera doctoranda— y a una estudiante de máster. Ese proyecto hizo que siguiera acudiendo uno o dos días por semana para la supervisión de los estudiantes y la asistencia a las reuniones de grupo. Mantener este tipo de colaboraciones resultaba importante, ya que, por un lado, permitía que mis estudiantes se formaran en electrofisiología con José Antonio y, por otro, facilitaba que el CBM pudiera beneficiarse de los proyectos desarrollados en el ISCIII.



